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daniel lebrato obra publicada 1987-2007

ensayo sobre la vanidad

 

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- ensayo sobre la vanidad -

 

QUE EMPIEZA EN NADA Y QUE TAMPOCO ACABA

 

Nueva Versión del

Refrán y cuento de La Lechera

Con motivo de unas llamadas

nunca hechas en horario conveniente

a su hijo Juan, que andaba por Ibiza pasando su verano

y trabajabando.

 

*

 

Y no me deja libre hueso alguno

(Miguel Hernández)

 

Que en la lección y estudio nos mejora.

(Francisco de Quevedo)

 

 

 

 

                        I.

Te escribo, pues, mi Juan. Querido hijo:

puedes creer que estoy dos o tres días

queriéndote llamar y no te llamo.

Un día y otro día, siempre hay alguien

o hay algo, hay algún plan, y no hay manera.

Una vez el teatro, luego vino

tu hermano de Alemania, te imaginas,

y en general la agenda, que a esa hora

social de los teléfonos se sale

de amigos y paseos y cruzcampos.

Y como nuestro hablar no es nada urgente,

que es hablar por hablar, cosas de novios,

sin prisas, un día y otro va pasando,

me dan las doce y pico y no te llamo.

 

 

                        II.

No llamo. Pues entonces un mensaje

al móvil. Pero empiezo, y tantas letras

son muchas para el cuerpo. Con mis dedos

torponchos y miopes, una hora

o más que tardaré tecla por tecla.

Y como somos profes, y de lengua,

los signos ortográficos fatigan

si los ponemos y, si no, es peor:

son faltas. Los mensajes, a tu edad,

son lo normal, que andáis en saldo cero,

mientras que en los mayores, que pagamos

por banco a fin de mes, ya no es lo mismo.

Mensajes, los precisos y, por último,

para mensajes largos, una carta.

 

 

                        III.

Carta de las que empiezan por querido

hijo, dos puntos, tal y cual y cuentan

con todos sus avíos, paso a paso,

cómo va todo, hasta la fecha y firma.

Carta de las de sobre y ve al estanco

y compra el sello. ¿Habrá cosa más rancia

que un sello? Sí: un buzón, buzón de esos

de amarillo chillón de gran bolardo,

menhir o pene que el Estado tiene

por todas partes. Necesitas uno,

y ya no ves ninguno. Así es la carta

de hace siglos con sus supersticiones:

la cruz al empezar, rezar, que llegue,

virgencita, ¿se te ha olvidado el código?

 

 

                        IV.

Si no se te olvidó ponerle el código

postal y no viene devuelta amable-

mente por el servicio de correos,

si no se pierde, claro, es que la carta

está ya en su destino. Alguien la coge

de su buzón, la salva como a un príncipe

del naufragio que son cartas del banco,

facturas de agua, luz o similar,

acuses sospechosos de recibo

certificado, multas, pesadillas

de hacienda o tráfico, municipales.

En medio, en fin, de la hojarasca y entre

falsas ofertas, necias propagandas,

ahí, manuscrita, está la carta humana.

 

                        V.

No merecen las cartas la escalera,

menos el ascensor, nunca un pasillo,

cuchillo carnicero ni de sierra,

¡qué horror! En todo caso, un arma blanca,

noble Opinel, navaja de Albacete,

a falta de abrecartas o estilete.

Si el sobre es de abre fácil, que lo sea

realmente, no a bocados ni a cachitos,

que luego, date cuenta, has de guardarla

del caos de tu despacho o papelera.

Si bebes, ponte un vino, tu cerveza,

café, infusión, tu whisky o tu cubata.

Si fumas, es la hora de un cigarro.

De córpore impecable, abre la carta.

 

 

                        VI.

La carta humana, flor de los currículos,

que, por el mismo precio, ya la escribe

uno pensando en la posteridad:

el día que una tesis utilice

de archivo o fuente tu correspondencia,

cartas que habrán perdido, por la fama

de alguna de las partes, su carácter

privado, serán públicas, notorias

piezas maestras de una vida o bío-

grafía que al final acabe en libro

de texto, premio Nóbel o museo.

Y pues hay que cuidar lo que uno escribe,

que todo es vanidad si no es herencia,

te mando este soneto o lo que sea.

 

                        VII.

Soneto o aprendiz o lo que sea,

catorce endecasílabos. No importa

si unos con otros riman por estrofas,

cuartetos y tercetos, o son blancos.

Importa mucho más que, con la métrica,

cumplamos con la ética y la estética.

De siempre nos enseñan que las cosas

consisten en un fondo y una forma,

sin que uno falte y la otra nos parezca

un puro juego sin sentido y hueco.

Que tengan alma, tengan vida y tenga-

mos algo que decir y con razones

que a ser posible y por partida triple

enseñen y diviertan y emocionen.

 

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